Lenguaje e interacciones sociales

Lucas Coge

Conflictos e interacciones

Muchas de nuestras situaciones conflictivas se dan en contextos en que están presentes, directa o indirectamente, otras personas. Aunque, en ocasiones, nos enfadamos con nosotros mismos, la mayor parte de las veces intervienen los otros en las situaciones de enfado. Bien las otras personas son los responsables de nuestros conflictos, al menos eso tendemos a pensar. También puede darse que las situaciones conflictivas surjan del “mero” contacto con los demás. Asimismo, en otros casos o en los anteriores, la resolución de los conflictos requiere o se ve facilitada por la intervenciones de los demás. Por consiguiente y por diferentes razones, el contacto con los demás y las interacciones sociales son una parte importante de nuestras situaciones conflictivas. Obviamente, los demás también contribuyen a nuestra alegría y felicidad, así como a resolver nuestros conflictos. En esta entrada quiero tratar algunos aspectos de la estrategia de los conflictos.

Estrategias de abordaje

Ante un mismo problema, nuestras estrategias genéricas de afrontamiento se pueden limitar a dos: atacar o huir, hacerle frente al problema o darle la espalda. De hecho, esto es lo que hacemos con muchos de los problemas y situaciones de nuestra vida cotidiana con independencia del nivel de gravedad de las mismas. En nuestras relaciones de pareja, en las relaciones de trabajo, con nuestros hijos, amigos o vecinos,… tendemos a abordar las cuestiones o simplemente no las abordamos en absoluto, a veces con la esperanza de que el mero paso del tiempo supondrá o aportará una situación. En cierto modo, aunque no siempre, este dejar actuar al tiempo, poner el tiempo entremedio, sería como huir, poner tierra de por medio.

Dejar pasar el tiempo como forma de huir

Sin embargo, existe el convencimiento en que no siempre dejar actuar al tiempo es una buena solución, incluso se piensa que no es una solución en absoluto, sino que más bien conduce a agravar la situación. Por ejemplo, en la educación de nuestro hijos abordar los pequeños problemas a tiempo permite también solucionar anticipadamente posible futuros problemas más graves. Resulta más fácil enseñar a una niña de 6 años buenas prácticas alimenticias que tratar de convencer a una adolecente con anorexia nerviosa que necesita alimentarse. Consiguientemente, parece desprenderse que es mejor abordar de frente los problemas que dejar que se pudran por el mero paso del tiempo.

Esta tendencia favorable al abordaje de los problemas conduce a la cuestión de qué podemos entender por un buen modo de enfrentarse a los problemas. Sobre la base de algunos ejemplos, podemos presentar qué sería un buen abordaje y qué, en muchos casos, seria inadecuado. Evidentemente, todos estaremos de acuerdo que un conflicto de pareja no se resuelve por medio de la violencia. Sea cual sea la naturaleza de ésta, no es en modo alguno un abordaje ni respetuoso con la dignidad de la persona ni fructífero a efectos de encontrar una buena solución. Enfrentarse a un problema de interacción social por medio de la violencia no es en absoluto un modo correcto de abordarlo. Es cierto que en algunos casos muy especialmente, tendríamos que reflexionar sobre las ventajas del uso de la violencia, pero estos escapan a las situaciones propias de nuestras vidas cotidianas.

Delegar en una tercera persona

Otro tipo de abordaje que se da en el caso de los conflicto puede ser recurrir a una tercera persona para que ésta asuma la resolución del problema. Es, por ejemplo, el caso de muchos niños que delegan en sus padres o en sus hermanos mayores. La intervención de un tercero puede suponer delegar enteramente en el mismo y, por tanto, desentenderse. Esto no parece una correcta actuación. Muchos son los que piensan que el primer paso para resolver un problema es asumirlo como propio, aceptar e interiorizar que la solución exige una actuación propia. Apelar a un tercero no sería una buena estrategia de afrontamiento.

Ilustración 1 Estrategias de abordaje de problemas

No obstante, en la apelación a un tercero también cabe incluir la intermediación. Pero es una situación bien distinta a delegar en un tercero. Aquí, se trata de la intervención de un intermediario que contribuye o ayuda a que las personas en conflicto encuentren, acepten y apliquen una solución. No es una delegación la tarea del intermediario, es como su nombre indica una intermediación, aproximar a las partes en la búsqueda y logro de una solución fructífera.

Hablar y escuchar

Nos queda pues la tercera estrategia posible: el abordaje directo y abierto con la otra persona de la situación conflictiva. Si se trata de problemas en una relación de pareja o con los hijos, el primer paso para encontrar una solución parece ser entablar una conversación, un diálogo en el que cada parte expone sus puntos de vista y escucha los de la otra parte. Se persigue buscar una solución por medio del uso del lenguaje. Hablar y escuchar es esencial en este tipo de abordaje; consiguientemente, el lenguaje juega un papel fundamental en la resolución de situaciones conflictivas en contextos de interacción social.

Evidentemente, si el manejo del lenguaje aparece como una pieza clave para un buen abordaje metodológico de los problemas y conflictos, es lógico que nos preguntemos qué relación existe entre el nivel de dominio lingüístico y las capacidades de afrontar problemas y conflictos. Podemos pensar que un buen nivel lingüístico equivale a que se privilegie el “hablar y escuchar” como estrategia de abordaje y se desechen todas las demás. Cabe pensar que la evitación o el uso de la violencia estarán más presente en aquellas personas con deficiencias en el manejo del lenguaje. ¿Corregir estas deficiencias nos conduce a reducir la frecuencia del uso la violencia?

Existen algunos ejemplos de violencia doméstica que darían claramente una respuesta negativa a esta cuestión. Pero esto no invalidad la importancia del dominio del lenguaje como herramienta básica para un abordaje no violento.

Trastornos de lenguajes y competencias sociales

En un trabajo publicado en 2015, Inmaculada Baixauli-Fortea, Belén Roselló-Miranda y Carla Colomer-Diago llevan a cabo una revisión bibliográfica de la relación entre trastornos de lenguaje y competencias sociales (1). En su trabajo, recogen algunas ideas interesantes para el abordaje no violento de los conflictos surgidos de la interacción social. A continuación vamos a comentar parte de sus argumentaciones.

Por una parte, siempre respecto a la situación de los niños sin trastornos específicos de lenguaje, los autores destacan que los niños con problemas específicos de lenguaje interactúan menos con otros niños y tiene mayor dificultad para participar en una interacción que ya se ha iniciado. Cuando participan, lo hacen de un modo muy limitado y pobre lingüísticamente hablando (uso de frases cortas o de monosílabos, por ejemplo). Manifiestan una preferencia por interactuar con adultos antes que con niños o semejantes. Este punto evidenciaría una situación de dependencia en el manejo de las interacciones sociales, de preferencia por estrategia de delegación.

Este tipo de situaciones pueden ser multifactoriales y responder a varias variables (introversión, carencia de otras habilidades pro-sociales,…) y no únicamente a trastornos en el lenguaje. Sin embargo, para Fujiki et al., los niños con este tipo de trastornos participaban menos en las actividades de interacción social propuestas y, al mismo tiempo, eran escasamente reclamados como interlocutores por los otros niños (2). En otro trabajo, se relacionaba a los niños con trastornos específicos con estados de inmadurez en el desarrollo de estrategias de negociación (3), entendidas como estrategias dirigidas a alcanzar determinados objetivos; y, una mayor propensión al desarrollo de estrategias inapropiadas de confrontación violenta o de evitación (4).

La resolución de conflictos exige implantar estrategias que comportan la utilización de recursos socio-emocionales e integrar la dimensión emocional del conflicto. En una simulación de situaciones cotidianas, Timler concluyó que los niños con trastornos lingüísticos seleccionaron un menor número de estrategias pro-sociales frente a los niños sin dichos trastornos. También, mostró la mayor tendencia a acudir a un adulto para resolver el conflicto (5).

Habilidades lingüísticas e inferencia emocional

La relación que pueda establecerse entre comprensión y habilidades lingüísticas e inferencia emocional es un aspecto clave a la hora de determinar las posibilidades de afrontar correctamente los conflictos. La regulación emocional es un proceso esencial en el desarrollo comunicativo y social (1). La regulación emocional supone también la capacidad de reconocer la conveniencia de expresar o no las emociones propias, de identificar y aflorar, evitar o canalizar las emociones ajenas. Estos aspectos conducen a decisiones que los individuos, enfrentados a un conflicto, deben tomar. Una vez decidido este punto, el discurso tomara determinada dirección y sus logros dependerán de las habilidades lingüísticas. Al mismo tiempo, estas habilidades son un aspecto esencial en la identificación de los estados emocionales propios y ajenos.

La población con trastornos lingüísticos muestra déficits en la manifestación apropiada de las emociones, la identificación de los sentimientos y percepciones de los demás y la conciencia de los propios estados emocionales (2). Una serie de estudios identificaron una asociación entre (in)competencia lingüística y problemas conductuales. Los niños con trastornos lingüísticos presentan un mayor riesgo de padecer ansiedad y depresión, experimentar experiencias de rechazo y exclusión, de desarrollar expectativas negativas e, incluso, un mayor riesgo de fobia social.

Por todo ello, las terapias de mejora de las habilidades lingüísticas dadas a niños propiciaron el desarrollo de nuevas estrategias adecuadas. No obstante, estas mejoras están condicionadas a la naturaleza de de los trastornos lingüísticos y cómo estos se articulan con las competencias sociales del individuo.

 

Referencias

  1. Baixauli-Fortea I, Roselló-Miranda B, Colomer-Diago C. Relaciones entre trastornos del lenguaje y competencia socioemocional. Rev Neurol. 2015;60(Supl 1):51–6.
  2. Fujiki M, Brinton B, Clarke D. Emotion regulation in children with specific language impairment. Lang Speech Hear Serv Sch 2002; 33: 102-11.
  3. Brinton B, Fujiki M, McKee L. The negotiation skills of children with specific language impairment. J Speech Lang Hear Res 1998; 41: 927-40. 
  4. Marton K, Abramoff B, Rosenzweig S. Social cognition and language in children with specific language impairment (SLI). J Commun Disord 2005; 38: 143-62.
  5. Timler GR. Social knowledge in children with language impairments: examination of strategies, predicted consequences, and goals in peer conflict situations. Clin Linguist Phon 2008; 22: 741-63.

 

 

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